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Revista GolfDigest
Golfdigest
Número 228
Marzo 2017

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Blog Óscar Díaz

La burbuja de Jason Day

Sus últimas declaraciones sobre el juego lento han hecho reaccionar a Óscar Díaz en su blog
11 enero 2017| Óscar Díaz

Está de moda hablar de burbujas. Y aunque por la cercanía a las Navidades la primera imagen que evoque la palabra sea la de unas muchachas enfundadas en brillantes atuendos para anunciar cava, últimamente el término suele ir asociado a cuestiones más peliagudas. En esta época en la que el diccionario Oxford ha elegido «posverdad» como palabra del año 2016, se habla de la burbuja de contenidos en la que nos movemos en las redes sociales, una especie de «manto protector» del que nos rodeamos —ayudados, aunque no lo sepamos, por los algoritmos de dichas redes— y que nos impiden estar expuestos a estímulos procedentes de personas cuyas opiniones difieran de las nuestras. Forjamos nuestra realidad a golpe de clic y permanecemos ajenos a lo que hay fuera, salvo cuando nos toca denostarlo. De ahí que nos sorprendan las decisiones mayoritarias que no encajen con nuestra perspectiva vital, y nos asombre —al menos a mí— que el Brexit tenga lugar o que alguien como Donald Trump haya podido ganar las elecciones de EE. UU.

Como nos explica brillantemente Katharine Viner, redactora jefe de The Guardian, en un reciente artículo, de todo esto hablaba Eli Parisier cuando acuñó el término «burbuja de filtro». La personalización de la web —a través de las búsquedas y de las interacciones en las redes sociales— hace que cada vez sea menos probable que nos expongamos a informaciones que choquen con nuestro punto de vista o amplíen nuestra perspectiva… y también dificulta la localización de datos que sirvan para contradecir informaciones falsas propagadas por gente que pertenece a nuestro círculo de confianza. Aunque el poeta John Donne escribiera hace casi cuatrocientos años que ningún hombre es una isla, se da la curiosa circunstancia de que Internet, que debería servir para interconectar y relacionar, crea «rediles virtuales» para que nos sintamos cómodos en compañía de nuestros semejantes al tiempo que le damos la espalda a quienes no comparten nuestros criterios.

Salvando las notables distancias, eso mismo es lo que impide a Jason Day meterse en la piel del jugador aficionado que sufre un calvario de más de seis horas en un torneo de golf. Del mismo modo, el australiano ni se plantea que una retransmisión televisiva eterna pueda servir de elemento disuasorio para un posible telespectador de golf, y más en esta época de parrillas fragmentadas y ofertas audiovisuales casi infinitas. Por si alguien aún no se ha enterado, Day, número uno del mundo y conocido por su talante pausado, declaraba el pasado día 4 de enero que no tenía ninguna intención de acelerar su ritmo de juego, que se tomará el tiempo que precise y que las necesidades del golfista recreativo no coinciden con las del jugador profesional.

Es de perogrullo. Está claro que el golf profesional es distinto al golf amateur, pero Day se equivoca de plano al desvincularlos por completo y al plantear que son esferas que jamás se tocan. Jason Day es un magnífico jugador y un padre ejemplar (por lo que sabemos), un golfista estimado por sus compañeros y alguien que ha sabido sobreponerse a un buen número de dificultades vitales hasta alcanzar el número uno del mundo. Hasta ahí, nada que objetar. Pero Day cobra el dinero que cobra por sus méritos en el campo de golf, obviamente, pero sobre todo porque detrás hay una industria capaz de ofrecerle esa remuneración, ya sea en forma de patrocinios —como el lucrativo contrato que acaba de firmar con Nike—, o gracias a las bolsas de premios. Si la salud de esa industria se resintiera, a Day, y al resto de los jugadores profesionales, otro gallo les cantaría.

Y como han identificado los principales organismos gestores del golf mundial, el juego lento es una de las principales amenazas para este deporte, un auténtico cáncer que algunos intentan atajar y otros, por desgracia, fomentan con su laxitud (por ejemplo, el PGA Tour). Y, como declaraba el habitualmente moderado Brandt Snedeker hace escasas fechas, los que van despacio impiden «que todos jueguen en las mismas condiciones y les faltan el respeto a sus compañeros».

Jason Day forma parte de una colectividad, la de los golfistas profesionales, que a su vez está integrada en un grupo más grande, el de los jugadores de golf, y el deporte está por encima de las necesidades particulares y los intereses de cualquiera de ellos. Esperemos que la burbuja en que anda metido el número uno del mundo sea tan frágil como las del espumoso que descorcha después de cada uno de sus triunfos y Day se percate de la realidad que le rodea.

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